El sueño de volar para un hombre con pies de hormigón
Vi esta semana una película que, desde lo visual, fue muy buena. Las actuaciones, fabulosas. Sin embargo, la línea argumental era tan parecida a lo predecible que, al finalizar, me quedó la sensación de que era una obra como para un hospital: aséptica. Y —debo decirlo— un desperdicio de materia prima enorme, porque el guion pudo haber planteado cualquier otra cosa, pero el autor se quedó con la foto de lo veraz. Una foto de la vida, pero no la de la vida real que nos sorprende, sino de la que pasa sin que nada pase. Una foto de un estanque en calma. Un lienzo en blanco.
Sin duda, un lago en quietud es de una belleza indescriptible. Pocos fenómenos pueden asociarnos una sensación de simpleza y perfección como la del agua sin movimiento; y, a pesar de eso, es casi irrefrenable para nosotros, al mismo tiempo, el deseo de agarrar un guijarro de la orilla y lanzarlo para generar una onda. Un impulso a la ruptura del orden. Una dosis de imperfección. Un manchón de tinta en el lienzo virgen.
Sin duda, un lago en quietud es de una belleza indescriptible. Pocos fenómenos pueden asociarnos una sensación de simpleza y perfección como la del agua sin movimiento; y, a pesar de eso, es casi irrefrenable para nosotros, al mismo tiempo, el deseo de agarrar un guijarro de la orilla y lanzarlo para generar una onda. Un impulso a la ruptura del orden. Una dosis de imperfección. Un manchón de tinta en el lienzo virgen.
Es que tal vez el sueño creador es un deseo de cambio para lo aparentemente estable, para lo aparentemente quieto. Es lo que algunos llaman inspiración.
Y claro, al dichoso toque de las hadas debe sumarse disciplina. Hábito. Oficio. Técnica, como con cualquiera de los oficios artesanos de la era previa a los computadores, porque ahora usted puede sugerirle a un robot de texto un argumento, una estructura, unos personajes, y puede desarrollar un texto que bien puede ser un bestseller en las editoriales y supermercados correctos. Fin de la digresión.
Suponiendo, sin embargo, que hablamos todavía entre boomers que tienen esa afinidad romántica por el papel y el texto artesanal, lo que parece que ha dado mejores resultados es el entrenamiento continuo. El intentar crear y romper lienzos hasta que el dibujo o el texto salga como debe salir, siendo este “debe” justamente la curaduría del propio autor sobre su obra. Un “debe” que muchas veces es obsesión y tragedia. El puto guijarro que logra brincar más de tres veces en la superficie del agua.
Escruto con frecuencia en el dilema propio: en saber si hay que intentar eternamente una línea perfecta para construir a partir de allí, o arrancar con una que está torcida y moldearla a punta de oficio para crear algo desde lo insuficiente, a sabiendas de que esto va a ser, por definición, de catadura pobre.
Aunque creo que la lucha, para mí, ni siquiera está realmente ahí. Está en la certeza de que, después de un tiempo, el agua del estanque volverá a la calma.